EL ORDEN DIGITAL

viernes, 1 de junio de 2012

EL DIA QUE ESTUVIMOS DESCONECTADOS DEL MUNDO

Papeles sueltos

Desconectados

    Hay un hermoso tango titulado «Que falta que me hacés», cuya letra dice por ahí: «qué largas son las horas ahora que no estás». Así de largas, pero mucho más, infinitamente más, son las horas de un lunes lluvioso y de trabajo sin conexión con el mundo exterior.
    «Qué ganas de encontrarte después de tantas noches/ que ganas de abrazarte, qué falta que me hacés» sería hoy «qué ganas de postearte después de tantos clicks/ qué ganas de loguearme, si ni twitter tenés». Lo cierto es que, por trabajo, por placer, por costumbre y por necesidad, hemos desarrollado una impostergable e incurable necesidad de estar conectados.
    Ya no recuerdo cómo hacìamos programas de radio, más o menos entretenidos, y con mucha audiencia, sin mensajes de texto, blackberrys, correos electrónicos y twitter. Es más, hasta 1999, o sea por lo menos durante catorce años, ni siquiera Internet teníamos.
    ¿Cómo hacíamos?  Llamábamos al Servicio Meteorológico que funciona en el aeródromo local y nos daban los datos del tiempo, espiábamos radios de otras localidades para estar al tanto de lo que pasaba, y durante algún tiempo glorioso, tuvimos en la AM LRI 200 una teletipo que nos aportaba noticias impresas en largos rollos de papel que íbamos cortando minuto a minuto. Era toda una actividad física ir y venir permanentemente de la teletipo y todo un desafío a la imaginación cuando faltaban letras y la noticia decía, por ejemplo: « l pr sid nt  mpr nd  un nu vo viaj a P rú», y había que leer un informativo directamente al aire, sin redactores ni productores.
   
    A comienzos de los noventa, cuando comenzaron los programas tempraneros, los de las siete de la mañana, no se podía llegar con una revista de espectáculos o un diario del día anterior (o sea, con noticias de dos días atrás). Para tener los títulos de los diarios de Buenos Aires, había que levantarse a las cuatro y media, con papel y lapicera, y tomar nota, como se pudiera, para dar una sensación de actualidad. Algunos oyentes nos llamaban preguntando cómo conseguíamos los diarios tan temprano. Con sangre, sudor y lágrimas, y a costa de las pocas horas de descanso.
    Es cierto que siempre tuvimos teléfono fijo. Por allí fluían las charlas, los debates, las entrevistas, las comunicaciones con Angel Nahuelpan Figueroa relatando la actualidad callejera con su «micrófono viajero». Los mensajes de texto de oyentes que están mirando por la ventana, que están siguiendo las noticias por televisión sin apagar la radio, que están en un vehículo, en el puerto, en una oficina, en una planta pesquera, en una dependencia municipal, hoy son los ojos de la radio, en un intercambio instantáneo fenomenal, y además suelen aportar rápidamente una réplica, una aclaración o un gesto solidario ante cualquier comentario que hacemos frente a un micrófono. A esta altura me pregunto cómo pudimos hacer radio durante tantos años sin mensajes de texto.
    Y lo mismo ha sucedido con los saludos, folklore de pueblo que resulta un condimento indispensable en las notas sociales que forman parte de nuestros espacios radiales. Un cumpleaños no transmitido por la radio es menos cumpleaños, podríamos resumir. Antes sólo llegaban por teléfono; ahora recibimos diariamente decenas de saludos a través de celulares y blackberries, y también tenemos nuestra propia lista de aniversarios en la red social Facebook.
    Muchos mensajes de cumpleaños eran llevados a la radio en papelitos por oyentes a los que, lamentablemente, hemos dejado de ver. Los anunciantes traìan largas listas de ofertas. Ahora todo se ha facilitado, y eso es muy positivo. Un mail, un texto, y en segundos todo se actualiza. Inclusive logramos que algunas empresas especializadas nos envìen las grabaciones de anuncios comerciales, y algunos cantantes sus temas musicales, adjuntos en un correo electrónico. Esa comodidad es incomparable. El problema es cuando se cae el sistema, porque se nos cae todo y no sabemos qué hacer... nos sublevamos ante la posibilidad de volver a los papelitos.
   
    ¿Cómo nos encontrábamos, para una reunión de cooperadora, de teatro, de amigos, cuando no existían las cadenas de mensajes de texto? ¿Cómo se producían los encuentros furtivos de los que querían amarse a espaldas de la sociedad (qué manera elegante de decirlo...) cuando no había un celular que pudiera emitir una frase cómplice instantánea que a su vez aguardaba una respuesta en código tan rápida como el tiempo a consumir? ¿Cómo le avisábamos a alguien que no podríamos concurrir si ambos estábamos en la calle? ¿Cómo le decíamos a nuestra pareja que antes de llegar a casa traiga milanesas o shampoo?
   
    ¿Cómo sabíamos antes si alguien que nos gustaba tenía algún compromiso serio o no? Había que recurrir a sus amistades para investigar. Ahora, mediante Facebook, sabemos quién estaba soltera en la mañana, casada al mediodía  y en una relación complicada a la tardecita, para volver a estar en la soltería dentro de una semana. También es cierto que tenemos centenares de «amigos» que nos cruzan en la calle y ni nos saludan. Pero la red social nos ha permitido meternos en otros mundos sin meternos demasiado, hacernos socios de una especie de club donde cada uno exhibe lo que quiere exhibir, y visitar fiestas y paisajes en los que jamás hubiéramos podido estar. Por un lado quedan expuestas nuestras opiniones, inclusive ante la mirada de gente que no nos quiere, que sólo nos espía a través de las cuentas de terceros, y por otro lado podemos compartir ideas que en otras épocas sólo llegaban a los más cercanos, si es que lográbamos que nos escucharan.
   
    ¿Cómo era el mundo sin Facebook, sin mirar al momento las fotos de una cena, el estado de ánimo de un hijo o un hermano que vive lejos o una frase que por ahí nos hace bien? ¿Cómo era el mundo sin una red social que me permite ser «socio», gratis, de numerosos grupos que tienen intereses musicales, políticos o artísticos y que están en los lugares más insólitos del planeta, o encontrar a antiguos compañeros de la escuela, que por supuesto se encuentran mucho máas avejentados que yo? Lo único que puedo asegurar es que hubo vida en Deseado y en la tierra antes de Facebook y de Twitter, aunque reconozco que con Twitter no he tenido un contacto muy fluido.
    Se termina el espacio para esta nota, y por lo tanto no voy a profundizar el tema con el Blackberry. Además, no quiero que este traficante de esclavos que muchas veces me facilita comunicaciones familiares, negocios, solución rápida de temas que, de otra forma, requerirían reuniones y trámites para los que no tengo tiempo, no quiero, digo, que se entere que estoy a punto de limitarlo, de alejarlo de mi vida en ciertos horarios, de apagarlo sin piedad en ciertos momentos, para demostrarle claramente quién es el que manda en nuestra relación. Temo que si se entera, reaccione violentamente y use alguna herramienta oculta para castigarme, porque creo que no es simplemente una máquina, que tiene una inteligencia perversa dispuesta a todo. Inclusive a conectarme con gente a la que jamás le hubiera abierto la puerta de mi casa, insensatos/as a los que jamás hubiera escuchado y  mercaderes de la palabra o de la política  a los que jamás les hubiera permitido ofrecerles su mercancía trucha o sus informaciones tergiversadas.
    El tango decía: «Si vieras qué ternura que tengo para darte/ capaz de hacer un mundo y dártelo después». La letra actual cantaría: «Si vieras que pendrive que tengo para enchufarte/ capaz de darte todo y quitártelo después». Esa sensación, la del millonario que tiene acceso a todo pero no puede sacar un peso de su cuenta, es la que sentimos cuando nos obligan a estar un día sin Internet, sin mensajes, sin Blackberry y sin teléfono.

Mario dos Santos Lopes

Nota del autor: espero comentarios, agregados, críticas y otras visiones del tema, siempre y cuando funcione el correo electrónico.

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